jueves, 28 de marzo de 2013

Fascinación


Su imagen se desdibuja en el cristal empañado.
El vapor se expande en la quietud del estado.
Sustancias volátiles impregnan la piel sensible al tacto.

Los escalofríos recorren su cuerpo,
frío en la soledad del cuarto.
Da cauce a la agudeza de los sentidos
y perfila con precisión los sonidos.

Una gota cae en el agua mancillada.
Cual choque brutal de continentes
el impacto resuena en toda la estancia.

La luz mortecina caldea el ambiente,
su refulgir invita a la abstracción.
La sala cambia de forma, indefinida, latente,
grotescas sombras danzan a su alrededor.

Y ella, desnuda, no puede verlo,
contempla su imagen absorta en el espejo.
Rojo fulgor el cabello que exalta
la palidez marmórea que su piel acalla.

Cierra los ojos, sutil acaricia su piel.
Débiles roces que la sensibilidad aviva
cual brizna de aire helada.

Y a lo lejos, de nuevo,
el rumor de una gota que en el agua estalla.
Las ánimas de la locura enturbian su mente,
furtivas ensoñaciones deforman su realidad consciente.

Y de súbito, detrás de ella una silueta emerge,
extrañas las manos que recorriendo su cuerpo obtienen deleite.
Gélidos los ojos que atraviesan la carne
por donde la intimidad de la esencia muere.

Obnubilación del presente,
en la inmovilidad del tiempo el espacio se pierde,
y disipando todo rastro de cordura
sobre ella la oscuridad se cierne.

Azul la mirada que en su nuca se clava
En el espejo, la superstición de vedados anhelos.

Y ella, desnuda, no puede verlo,
todas las fibras de su ser danzan en secreto
cuando desbocada la respiración y consumido el aliento
él, hermético, recorre su cuerpo.

Ritual de lujuria y pecado, el aire evoca un olor a clavo y sándalo.
Es la tentación cual serpiente que ofrece la manzana del árbol.

Arinya
 
 

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