sábado, 19 de mayo de 2012

Le chat

XXXIV

Ven, bello gato, a mi alma amorosa;
guarda las garras de tu pata,
y hundirme déjame en tus bellos ojos,
mezclados de ágata y metal.


Cuando a gusto mis dedos acarician
tu cabeza y tu lomo elástico,
y mi mano se embriaga del placer
de palpar tu eléctrico cuerpo,


veo el fantasma de mi amor. Sus ojos,
cual los tuyos, amable fiera,
fríos, profundos, cortan como un dardo,


y, de los pies a la cabeza,
aire sutil o aroma peligroso,
nadan en torno al cuerpo bruno.




LI
I

Por mi cerebro se pasea,
lo mismo que por su aposento,
un bello gato, dulce y fuerte.
Apenas se oyen sus maullidos,

pues es su timbre así de tierno;
mas su voz gruña o se apacigüe,
es siempre rica y es profunda.
Ese es su encanto y su secreto.

Esta voz, que gotea y pasa
a mi fondo más tenebroso,
me llena como un largo verso,
me regocija como un filtro.

me duerme los más crueles males,
todos mis éxtasis contiene;
para decir las frases más
largas, palabras no precisa.

No, no hay arco que muerda en mi
corazón, perfecto instrumento,
y que a su cuerda más vibrante
haga cantar con más verdad,

que tu voz, gato misterioso,
ga to seráfico y extraño,
en quien todo es, como en un ángel,
tan armonioso cuan sutil.



II
Su piel rubia y morena exhala
tan dulce aroma, que una tarde
fui embalsamado por haberle
tocado una vez, una solamente.

Él es el duende del lugar;
él juzga, él preside, él inspira
todas las cosas en su imperio;
¿tal vez es hada, tal vez dios?

Cuando mis ojos dócilmente,
atraídos cual por imán,
hacia el amado gato vuelvo
y me miro dentro de mí,

con estupor contemplo el fuego
de sus tan pálidas pupilas,
claros fanales, vivos ópalos,
que fijamente me contemplan.


Baudelaire







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